Marcelo:
No sé si estas palabras llegarán a usted. Tampoco sé si las necesita. Quizás quienes las necesitamos somos los que, desde hace tantos años, encontramos en su manera de entender el fútbol una forma un poco mejor de entender también la vida.
Después de una derrota aparecen los especialistas del resultado. Los que reducen una vida a noventa minutos. Los que convierten décadas de trabajo en un meme. Los que, con la tranquilidad que da no haber tenido que sostener una convicción bajo presión, decretan el final de quienes sí lo hicieron.
No se preocupe por ellos.
Los que verdaderamente admiramos su obra nunca lo hicimos por los triunfos. Eso se lo dejamos a quienes están dispuestos a cambiar de bandera ante cada adversidad. Lo seguimos porque nos enseñó que una idea puede ser más importante que una estadística. Que la dignidad no siempre coincide con la conveniencia. Que un entrenador no está solamente para organizar un equipo, sino también para cuidar un deporte.
Muchos aprendimos con usted que el fútbol puede ser una escuela de honestidad. Que atacar no es una disposición táctica sino una forma de plantarse frente a la vida. Que el esfuerzo merece respeto aunque no siempre encuentre recompensa. Que la coherencia tiene un precio y que, precisamente por eso, vale tanto.
Ayer Uruguay perdió un partido.
Eso ocurre.
Lo que no perdió fue el privilegio de haber sido conducido por alguien que jamás resignó sus convicciones para proteger su prestigio. Usted siempre pareció más dispuesto a buscar una victoria siendo fiel a una idea que a conseguirla traicionándola. Y esa decisión, aunque muchas veces tenga costos, es la que hace que millones de personas lo admiremos mucho más allá de cualquier resultado.
Quizás algunos dejen de llamarse bielsistas. Es natural. Hay quienes aman las victorias y quienes aman aquello que hace valiosas a las victorias. Nunca fueron lo mismo.
Pero quedamos muchos. Muchísimos. Tal vez silenciosos. Tal vez menos visibles que quienes hoy celebran una derrota. Seguimos aquí porque sabemos que el legado de un hombre no se mide por una eliminación, sino por las personas que cambió mientras recorría el camino.
Gracias por recordarnos que el fútbol todavía puede ser noble en tiempos donde casi todo invita al atajo. Gracias por demostrar que la exigencia puede convivir con la sensibilidad. Gracias por proteger este juego incluso cuando hacerlo significó exponerse usted mismo.
No permita que una derrota le haga creer que su tarea terminó. Hay muchos que aprendimos de usted sin haber sido nunca sus jugadores.
Siga, Marcelo.
No porque tenga algo que demostrar. Eso ya ocurrió hace mucho tiempo.
Siga porque todavía somos muchos los que necesitamos que alguien nos recuerde que el fútbol puede ser noble, que el resultado nunca debería estar por encima de los principios y que vale la pena sostener una idea aunque el mundo entero invite a abandonarla.
Como escribió Hemingway, "Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado". La derrota verdadera no llega cuando el resultado es adverso. Llega cuando un hombre deja de ser quien es para convertirse en aquello que otros esperan de él. Mientras permanezca fiel a sus principios, podrá sufrir derrotas, podrá ser golpeado, herido, incluso podrá ser destruido. Pero nunca será derrotado.
Los resultados pertenecen a una temporada.
Los legados pertenecen a varias generaciones.
Y el suyo, estoy convencido, todavía no terminó.
— DMS